Guía Interpretativa

1898: la ocupación estadounidense

España cedió Puerto Rico a EE. UU. al concluir la guerra hispano-estadounidense en 1898. Este cambio dio paso a profundas transformaciones políticas, económicas y sociales que aún hoy siguen marcando la vida puertorriqueña. Los primeros años bajo el mando de EE. UU. incluyeron un gobierno militar y una reestructuración económica que generó una dependencia constante de la importación de bienes. En 1917, mediante la Ley Jones-Shafroth, se concedió la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños. En 1952, el territorio adoptó el estatus de Estado Libre Asociado, con un autogobierno limitado.

 

La estereografía

Las estereografías eran un proceso fotográfico popular a finales del siglo XIX en el que dos imágenes casi idénticas se observaban juntas a través de un estereoscopio, produciendo un efecto tridimensional. Muy difundidas como entretenimiento y recurso educativo, permitían al público coleccionar y experimentar imágenes de lugares lejanos desde la comodidad del hogar. Tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, las estereografías a menudo presentaban representaciones escenificadas de hazañas militares de EE. UU., paisajes y comunidades locales, acompañadas de títulos y textos descriptivos que moldeaban la manera en que los espectadores comprendían territorios recién adquiridos, como Puerto Rico.

 

Infantilización y categorización de los sujetos coloniales

Después de 1898, los puertorriqueños fueron retratados en los medios populares de EE. UU.—desde estereografías hasta periódicos y revistas— como nuevos sujetos coloniales o “natives” (nativos) y categorizados mediante marcos racializados, de clase y de género. Una imagen recurrente era la de niños puertorriqueños empobrecidos o la de la propia isla personificada como un niño en las caricaturas políticas. Estas imágenes reflejaban un discurso imperial estadounidense más amplio que presentaba a Puerto Rico como infantil, ignorante y dependiente, lo que ayudaba a justificar la intervención militar de EE. UU. y el control prolongado de la isla como algo necesario y benévolo.

 

Huracanes y desastres naturales

Los desastres naturales son una parte recurrente de la vida caribeña, marcada por ciclos de devastación y recuperación. En Puerto Rico, los huracanes han inspirado expresiones artísticas y culturales —de la pintura a la música— que reflejan tanto la pérdida como la resiliencia. En 2017, el huracán María tocó tierra como una poderosa tormenta de categoría 4, causando una pérdida de vidas devastadora y dejando al descubierto el colapso de la infraestructura tras décadas de abandono. Una recuperación mal gestionada desencadenó una crisis humanitaria y una nueva gran oleada migratoria, marcando un capítulo decisivo en la diáspora puertorriqueña hacia EE. UU.

 

La presencia militar

La fuerza militar colonial ha marcado la historia de Puerto Rico desde la llegada de Colón en 1493 hasta el presente. El Castillo San Felipe del Morro, construido por los españoles, es una de las fortalezas más grandes de las Américas. La ubicación estratégica de Puerto Rico lo convirtió en un activo militar de EE. UU. durante los siglos XX y XXI. Las islas municipio de Vieques y Culebra se utilizaron para ejercicios navales y prácticas de bombardeo pese a los riesgos para los residentes y el medioambiente. En 2026, se emplearon las bases militares en Aguadilla y Ceiba para lanzar operaciones en Venezuela. Desde 1917, los puertorriqueños han servido en el ejército de EE. UU., de manera destacada en el 65.º Regimiento de Infantería, una unidad segregada, compuesta íntegramente por hispanos, homenajeada con varios monumentos públicos, incluido uno en New Britain, CT.

 

Indigeneidad y herencia taína

Antes de la colonización, Borinquen / Borikén (Puerto Rico) era el hogar ancestral de los taínos y otros grupos indígenas. Tras la llegada de los españoles, estas comunidades sufrieron una devastadora disminución de la población a causa de la esclavitud, la violencia y las enfermedades. La cultura material, la música y la lengua de los taínos permean en el patrimonio puertorriqueño junto con el legado de personas africanas esclavizadas y la cultura popular estadounidense del siglo XX. Estos elementos complejos, entrelazados y a veces contradictorios conforman la base de la intersección viva que ocupa el centro de la identidad puertorriqueña actual. Desde un mural en una calle de Hartford hasta las cajas para guardar dulces que usa una panadería en New Britain, la presencia persistente de la imaginería taína resalta el reconocimiento que tienen las comunidades puertorriqueñas por su herencia indígena.

 

Los conceptos de raza

La sociedad puertorriqueña estuvo estratificada racialmente durante el dominio colonial español, pero la llegada de las fuerzas estadounidenses (con multitud de soldados y funcionarios procedentes de estados del sur) introdujo un énfasis nuevo y más pernicioso al asunto de la raza. Esto se refleja de manera metódica en el discurso oficial y en la fotografía de EE. UU. La condescendencia se extendió incluso a “The Porto Rican whites” (los puertorriqueños blancos). Con frecuencia, la identidad racial puertorriqueña se ha entendido desde el concepto de la familia puertorriqueña, que refuerza una visión idealizada de armonía entre las comunidades europea, indígena y africana. Hay investigadores contemporáneos que han cuestionado este ideal cultural por pasar por alto las realidades sociales desiguales y las experiencias de grupos históricamente marginados.

 

El coco en el imaginario puertorriqueño

Si bien los cocos son emblemáticos del Caribe, no son una planta nativa de la región. Originarios de Asia, se introdujeron a través del comercio colonial europeo. El coco es una fuente de sustento material y económico y un ingrediente clave de la gastronomía local, así como de los “exóticos” cocteles con sombrilla que consumen los turistas. El coco frío con sorbeto es uno de los refrescos favoritos y también un recurso habitual, utilizado por élites adineradas y políticos en fotos de prensa.

 

La espera

La espera pone al descubierto los límites de las instituciones, donde las soluciones rápidas suelen ser imposibles. Durante décadas, los puertorriqueños han esperado en filas, tanto literales como simbólicas. Durante la Segunda Guerra Mundial, hicieron fila para alistarse en el ejército de EE. UU. y sirvieron a un país que con frecuencia los trataba como forasteros a pesar de su ciudadanía. El día de pago, en las plantaciones azucareras y en las fábricas, hombres y mujeres esperaban sus salarios precarios, muy por debajo de los sueldos equiparables en los Estados Unidos continentales. Tras el huracán María, las familias esperaron durante horas para conseguir gasolina y agua, o vuelos para salir de la isla. A lo largo de generaciones, estas filas han encarnado expectativas, luchas y solidaridad comunitaria.

 

La diáspora

La búsqueda de oportunidades y seguridad ha impulsado la migración de Puerto Rico a los Estados Unidos continentales. Tras la Segunda Guerra Mundial se produjeron grandes oleadas migratorias, promovidas por el gobierno local, facilitadas por Pan American y Eastern Airlines y respaldadas por contratos laborales en industrias como la del tabaco de sombra de Connecticut. Más recientemente, el daño generalizado a la infraestructura y la crisis humanitaria que provocó el huracán María hizo que muchos se trasladaran a ciudades de EE. UU. como Hartford y New Britain. Hoy, viven más puertorriqueños en la diáspora que en la isla.

 

Las mujeres: esterilización y la píldora

Tras la ocupación estadounidense de Puerto Rico en 1898, los responsables políticos comenzaron a considerar las altas tasas de natalidad, a menudo vinculadas con la pobreza y el analfabetismo, como un “problema” social. A partir de la década de 1930, especialmente tras la aprobación de la Ley de Eugenesia de Puerto Rico en 1937, decenas de miles de mujeres fueron esterilizadas sin el debido consentimiento informado, a menudo bajo presión económica o institucional. Para la década de 1960, se estima que un tercio de las mujeres en edad reproductiva se había sometido al procedimiento. Entre 1956 y 1957, Puerto Rico también fue seleccionado para ensayos tempranos y a gran escala de la píldora anticonceptiva, realizados sin una divulgación adecuada de los riesgos o efectos secundarios.

 

La deuda y PROMESA

A finales del siglo XX, la eliminación de las leyes de incentivos contributivos que atraían industria a Puerto Rico provocó el cierre de fábricas y pérdidas significativas de empleo. Como consecuencia, el territorio acumuló una enorme deuda. En 2015, el gobernador declaró la deuda impagable, lo que llevó a Washington a imponer una junta de supervisión fiscal para organizar el proceso de pago. Conocida como “La Junta”, esta entidad, a menudo repudiada, ejerce un poder superior al de cualquier funcionario electo a nivel local. Las medidas de austeridad y privatización que siguieron dispararon el costo de vida, provocaron el cierre de cientos de escuelas, recortaron las pensiones de trabajadores jubilados y eliminaron servicios esenciales, impulsando un éxodo poblacional aún mayor.

  

El turismo

La belleza natural de Puerto Rico atrae a millones de turistas cada año, sobre todo de los Estados Unidos continentales, al ser un destino para el que los ciudadanos estadounidenses no necesitan pasaporte. Promovido por el gobierno como estrategia de desarrollo desde hace tiempo, el turismo ha generado actividad económica, pero también ha afectado la calidad de vida y el bienestar de los residentes de Puerto Rico de manera significativa. La rápida expansión de los alquileres de corta duración ha desplazado a comunidades de toda la vida y ha contribuido a una grave escasez de vivienda asequible para residentes de ingresos bajos y medios. Si bien muchos visitantes son respetuosos y tienen buenas intenciones, el turismo suele colocar a los trabajadores en relaciones desiguales que exigen deferencia emocional y servicio a los visitantes cuyo ocio se prioriza por encima de las necesidades locales.

 

La vivienda y el uso del suelo

Con el giro hacia el desarrollo industrial en la década de 1950, personas procedentes de toda la isla se trasladaron a los centros urbanos en busca de trabajo. La construcción de autopistas facilitó la movilidad y transformó el paisaje. Los arrabales, deteriorados, dieron paso a los caseríos: proyectos de vivienda pública promovidos, en sus inicios, como soluciones seguras y temporales para comunidades con bajos ingresos y de clase trabajadora. Al mismo tiempo, se construyeron urbanizaciones privadas en suburbios —con multitud de viviendas unifamiliares idénticas— destinadas a las incipientes clase media y profesional, lo que reforzó aún más las divisiones espaciales y económicas. Persiste una cierta nostalgia por la antigua vida rural y sus casitas rústicas, aun cuando gran parte de las viviendas existentes se encuentra en ruinas en la actualidad.

 

La vigilancia policial

A mediados del siglo XX, la Policía de Puerto Rico, en estrecha coordinación con el FBI, mantuvo un amplio programa de vigilancia para monitorear, fotografiar, filmar e intervenir las llamadas de personas sospechosas de apoyar o simpatizar con organizaciones o partidos políticos que abogasen por la independencia de Puerto Rico. Se vigiló a alrededor de 135 000 personas. En 1987, se declaró inconstitucional este programa y en 1992 se permitió que las personas vigiladas recuperaran sus expedientes sin censurar. En 1978, la Policía de Puerto Rico también organizó la emboscada y ejecución de dos jóvenes activistas independentistas en una torre de comunicaciones situada en la cima de una montaña del centro de Puerto Rico conocida como Cerro Maravilla.

 

Connecticut y Los Macheteros

En 1983, un grupo conocido como Los Macheteros (cortadores de caña) o el Boricua Popular Army, llevó a cabo lo que entonces fue el mayor robo de dinero en efectivo de la historia de los Estados Unidos, en el depósito de camiones blindados de Wells Fargo en West Hartford, Connecticut. Víctor Gerena, el “infiltrado”, escapó con aproximadamente siete millones de dólares, presuntamente destinados a apoyar los esfuerzos por la independencia de Puerto Rico. Filiberto Ojeda Ríos, fundador de Los Macheteros, fue juzgado en ausencia en un tribunal federal de Hartford y condenado por conspiración y robo a un banco. En 2005, fue asesinado por el FBI en Puerto Rico. Víctor Gerena continúa prófugo y el dinero nunca fue recuperado.

 

La modernización y la Operación Manos a la Obra

Iniciada a finales de la década de 1940, la Operación Manos a la Obra fue un programa económico diseñado para que Puerto Rico pasara de una economía agrícola a una industrial utilizando exenciones contributivas y los bajos costos laborales para atraer a manufactureros estadounidenses. El programa mejoró la calidad de vida de muchas personas, pero también reconfiguró de manera drástica el paisaje social y físico de la isla. Los puertorriqueños se trasladaron de las zonas rurales a las ciudades para trabajar en las fábricas, acelerando el declive del trabajo agrícola, y también emigraron a los Estados Unidos a través de programas de reclutamiento laboral organizado. Con la expansión de la industria manufacturera, y más tarde la farmacéutica, surgió una nueva clase media puertorriqueña.

 

La resistencia y la lucha por la autodeterminación

El impulso independentista puertorriqueño se remonta a la época colonial española, con figuras destacadas como Ramón Emeterio Betances y Segundo Ruiz Belvis al frente de la lucha. Bajo el mando estadounidense, la búsqueda de la independencia adoptó formas tanto pacíficas como violentas. La Ley 53 de 1948 de Puerto Rico (la “Ley de la Mordaza”) penalizó la expresión o publicación de ideas nacionalistas. En 1950, un levantamiento revolucionario fue sofocado por la Guardia Nacional de Puerto Rico y tropas de infantería estadounidenses, que bombardearon los pueblos de Jayuya y Utuado, con muertes en ambos bandos. Muchos insurrectos fueron capturados. En 1954, varios nacionalistas, entre ellos Lolita Lebrón, abrieron fuego en la Cámara de Representantes de EE. UU. para protestar contra el régimen colonial. En las elecciones a la gobernación de 2024, Juan Dalmau, el candidato independentista, quedó en segundo lugar con el 31 % de los votos.

 

La clase social y las élites

Pese a la creación de una nueva clase media, las transformaciones en la segunda mitad del siglo XX en Puerto Rico pusieron de relieve la desigualdad social entre las élites de la isla y las clases trabajadoras. Históricamente, las élites han sido los principales mediadores en las relaciones de Puerto Rico con EE. UU., a menudo obteniendo privilegios y oportunidades fuera del alcance de la mayoría. Mientras tanto, muchas de las personas con menos recursos trabajaban en sectores de servicios, como el turismo, con frecuencia en roles subordinados ante los visitantes. Las protestas de 2019, que condujeron a la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló, se desencadenaron en parte por la filtración de mensajes privados en los que figuras del gobierno y miembros de la élite se burlaban de las víctimas del reciente y devastador huracán María y de comunidades marginadas, dejando al descubierto la persistencia de las divisiones sociales y económicas de la isla.

 

La bandera y las dos banderas

Cuando Puerto Rico se convirtió oficialmente en un Estado Libre Asociado de EE. UU. en 1952, se requirió por ley que los edificios públicos exhibieran tanto la bandera de EE. UU. como la de Puerto Rico, un dúo que representaba la reciente reconfiguración de su relación política. La bandera puertorriqueña siempre ha evocado el orgullo isleño, pero también tiene una historia larga, llena de complejidades y disputas. Hoy en día se utilizan varias versiones, cada una con significados simbólicos distintos. La bandera fue diseñada por activistas a favor de la independencia puertorriqueña en Nueva York a finales del siglo XIX, inspirándose en la bandera. Su diseño se mercantiliza y reproduce ampliamente en todo tipo de objetos, desde ropa hasta stickers para el bómper. Se reconoce en todo el mundo —en ciudades como San Juan, Hartford, Madrid y Hong Kong— como una afirmación de la identidad y la cultura puertorriqueñas.

 

La escuela de criadas

A mediados del siglo XX, la experiencia laboral de la población migrante en Estados Unidos estuvo marcada por patrones de género. Mientras que muchos hombres encontraron trabajo en la agricultura, las mujeres se incorporaron mayoritariamente al trabajo doméstico y fueron empleadas como lavanderas, sirvientas y costureras, a menudo en entornos informales y mal remunerados. En 1948, convencido de que la isla estaba sobrepoblada, el gobierno de Puerto Rico estableció en la ciudad de Caguas una “Escuela de criadas” —denominación propia de la época— para capacitar a mujeres en el servicio doméstico en hogares adinerados de la costa este de Estados Unidos. Antes de comenzar el empleo fuera de la isla, se les enseñaba a desenvolverse según las normas del hogar estadounidense, incluyendo cocinar y contestar el teléfono.

 

Instrucción en inglés

Después de que Estados Unidos tomara el control de Puerto Rico en 1898, las autoridades implementaron una política de asimilación orientada a transformar y “civilizar” la sociedad puertorriqueña. Un ejemplo fue la imposición, en 1902, del inglés como lengua de instrucción obligatoria en las escuelas públicas, a pesar de que la mayoría no lo conocía. Esta iniciativa fracasó. Tras varias décadas, en 1949 se declaró finalmente el español como lengua de instrucción en las escuelas públicas y el inglés pasó a enseñarse como segundo idioma. El español sigue siendo la lengua más hablada, con el inglés utilizado en zonas turísticas y de presencia estadounidense, en algunos documentos oficiales y por puertorriqueños de la diáspora que han regresado.

 

La diáspora de Connecticut

Los puertorriqueños han hecho de Connecticut su hogar desde mediados del siglo XIX. Tras la Segunda Guerra Mundial, la migración a los Estados Unidos continentales se intensificó, y el estado se convirtió en un enclave importante —aunque históricamente pasado por alto— de la diáspora, junto a ciudades como Nueva York y Chicago. A partir de la década de 1950, los programas de reclutamiento laboral llevaron a trabajadores puertorriqueños al valle del río Connecticut para cubrir la demanda de la industria del tabaco de sombra. Muchos llegaron primero como trabajadores agrícolas temporeros, aunque más tarde se establecieron de forma permanente, ayudando a mantener industrias clave y creando comunidades duraderas. Hoy, cerca de 300 000 personas de ascendencia puertorriqueña viven en Connecticut. En New Britain, las contribuciones laborales y cívicas de los puertorriqueños se conmemoran tanto en instituciones comunitarias, desfiles anuales y el monumento a los Borinqueneers, como también en la expresión personal, como se aprecia en la camiseta expuesta, que muestra la bandera puertorriqueña y la estadounidense sobre el texto “Hartford, Connecticut”.